
El oro blanco nace de la pasión de Edmund, ceramista británico, por la historia de la porcelana en un viaje hacia las 4 colinas de caolín, convirtiéndose en una travesía en la mente de protagonistas de todos los tiempos, desde la China imperial hasta las tribus cherokees en América del Norte, pasando por Francia, Alemania y el Reino Unido, personajes para los que la fórmula de la porcelana y el blanco perfecto se volvió una obsesión llamada, el mal de la porcelana.
De Waal relata todo alternando con pasajes de su vida, desde el primer contacto que tuvo con la cerámica de manera accidental cuando era un niño, hasta sus años de formación en Japón y todas las vicisitudes que enfrentó en la construcción de sus primeras piezas, el establecimiento de su taller y lo que finalmente lo llevó a ser un ceramista referente de la porcelana y escritor, realizando exposiciones de instalaciones de sus piezas en diferentes galerías y museos a nivel mundial, así como la publicación de libros como: La liebre con ojos de ámbar, El oro blanco, Cartas a Camondo, entre otros.
Su viaje empieza en Jingdezhen, en la provincia de Jiangxi en China de la mano del sacerdote jesuita, enviado por el Rey Sol, el padre D´Entrecolles, que a inicios del siglo XVIII se adentró en la comprensión de la cultura china a través del conocimiento de la fabricación de la porcelana, desde las minas de caolín y petunse hasta las grandes industrias, que fabricaban piezas de exquisita estética para el emperador Kangxi y su comercio hacia Europa, que para la época no lograba llegar a los estándares de excelencia chinos. En sus cartas al Rey Sol, el padre D´Entrecolles también hace un contraste entre la belleza de la porcelana y las precarias condiciones laborales de los obreros chinos, expuestos a elementos tóxicos en el proceso, sin ningún equipo de protección, condenados a muertes por silicosis o por intoxicación por exposición a cobalto y otros metales pesados. Además, fue de gran ayuda en su estudio el libro Tao Lu, en el que se llevaba registro de todos los procesos de esta industria en la época.
De Waal llega hasta el monte Kaoling en compañía de locales, documentando en lo que se ha convertido la comercialización de piezas en la cuna de la porcelana, con mercados infinitos en donde se venden imitaciones de diferentes dinastías a cómodos precios. A pesar de la industrialización de la porcelana, en la actualidad siguen en pie talleres en los que todo es hecho a mano y a cada artesano se le asigna una tarea específica en el proceso: tornear, moldear, pintar, bruñir, cargar los kilns, vigilar las horneadas, trasladar las piezas; todas estas tareas son oficios heredados, como heredadas parecen ser las condiciones laborales hasta la actualidad. No obstante, Jindezhen es la única ciudad del mundo en donde existe una universidad dedicada a la formación profesional de la cerámica y será en 2026 sede del Congreso de la Academia Internacional de la Cerámica.
El viaje histórico y etnográfico del autor sigue fugazmente en Versalles, Francia, donde monarcas extravagantes coleccionan porcelana china y construyen edificaciones defectuosas en porcelana mayólica holandesa; para continuar en Dresde y Meissen, Alemania; donde conoceremos los experimentos encargados por Augusto II, rey de Polonia, obsesionado por la porcelana china, quien asigna al académico, Tschirnhaus, las pruebas para empezar la fabricación de porcelana europea, junto al aprendiz de boticario, Bottger, famoso por intentar sin éxito convertir plata en oro; los dos trabajan en la búsqueda de la fórmula de la porcelana en la Goldhaus en Dresde, con caolín procedente de Meissen, la segunda colina, logrando crear, después de estar confinados por mucho tiempo por Augusto, haciendo pruebas tras pruebas, la Kalkporzellan, la primera porcelana dura de Europa.
Su viaje continúa en Plymouth, una pequeña ciudad costera en el sur de Gran Bretaña. De la mano del cuáquero William Cookworthy, aprendiz de farmacéutico en la Inglaterra del siglo XVIII, químico y científico, dotado de una mente ávida de conocimiento, le llegan noticias de las maravillas de Oriente a través de los textos de los jesuitas, entre ellos, las cartas del padre D´entrecolles, que habla de la composición de la porcelana. William empieza a explorar las zonas de explotación minera cerca de Plymouth, encontrando en la geología de Cornualles dos materiales de asombrosa semejanza al caolín y petunse chino, constituyendo Cornualles la tercera colina de caolín. De la mano de otro cuáquero, llamado Richard Champion, logran, en contra del gremio de ceramistas ingleses, tener la primera patente de porcelana inglesa, que los llevó a enfrentarse al mayor productor de fayenza fina, un tipo de cerámica egipcia con esmalte blanco con la que se hacían piezas para la reina Charlotte, llamada porcelana real; este empresario era Josiah Wedgwood. Pero esta fayenza no era blanca, era marfil; a Wedgwood, visionario y ambicioso, le llega la noticia de una mina de caolín ubicada en territorio cherokee, Carolina del Sur, Norteamérica. Armando toda una expedición, logra traer algunas toneladas del material a muy alto precio, después de una negociación difícil con los cherokee y tras superar todas las inclemencias de las tierras americanas de la época colonial. Con esta tierra procedente del monte Ayoree (la cuarta colina), logra hacer piezas de exquisita belleza, pero al agotarse y con la posibilidad de tener materias primas inglesas de Cornualles, entra en disputa con la patente de Cookworthy – Champion, logrando acceder a este caolín, abriéndose un nuevo capítulo para la porcelana inglesa que confluye con la quiebra de Champion y su exilio a América y el retiro de Cookworthy.
Llega la Primera Guerra Mundial y la Revolución Industrial con el impulso en el desarrollo de Stoke-on-Trent, la ciudad de producción cerámica en Inglaterra, a principios del siglo XX, en donde se fabricaba más de la mitad de la producción mundial de porcelana. Era una ciudad oscura y contaminada por los kilns a toda marcha, donde sus ciudadanos sufrían de precarización laboral, muertes por exposición a tóxicos y largas jornadas laborales, como fiel reflejo del costo humano del desarrollo. Lo que sucedió en países capitalistas también se dio en los comunistas; en Jingdezhen, China, y en la Rusia de Lenin se concentró la producción de porcelana en piezas alusivas a sus líderes políticos, como una estrategia de propaganda ideológica.
Con la llegada al poder del Tercer Reich, en la Alemania nazi, posterior al bombardeo y destrucción de Dresde, los alemanes abren la fábrica de Alach en el campo de concentración de Dachau, donde se producían insignias para la SS y figuras de Hitler y otros führer. Con la liberación del campo de concentración en 1945 a manos de los norteamericanos y rusos, los liberados e incluso algunos de los agentes de las SS pasaron a ser obreros de la fábrica estatal rusa de porcelana.
El libro termina en la exposición “Sobre blanco” del propio Edmund Dwaal en Cambridge, en donde mezcla sus piezas con los cacharros que logro recoger en su travesía por las colinas de caolín y en una reflexión sobre las consecuencias humanas y ambientales de la obsesión por la porcelana, por el blanco puro, que ha dominado a reyes, emperadores, filósofos, aventureros y científicos, todos víctimas de la misma locura, el mal de la porcelana.



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